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¡Hagamos teoría!

Teoría del conocimiento de Blasco y Grimaltos

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El libro de Josep Lluís Blasco y Tobies Grimaltos titulado Teoría del conocimiento está dividido en catorce capítulos reunidos en cinco partes.

La primera parte se titula: El método en epistemología, es una parte meta-epistemológica y consta de cuatro capítulos. El primer capítulo habla de la importancia del método usado en la filosofía puesto que “método y concepción de la filosofía son dos caras de la misma moneda”. Y la teoría del conocimiento es una parte de la filosofía que da muchos problemas al buscar el método adecuado para estudiarla porque el conocimiento es algo complejo con aspectos bio-psíquicos, lógicos y ontológicos, y cada una de estas ciencias usa métodos distintos. En este capítulo se anuncia que los tres siguientes tratarán de los métodos que han tenido más repercusión en la teoría del conocimiento: naturalista, trascendental y analítico.

El naturalismo parte del siguiente supuesto: “el conocimiento es una función del animal humano tan natural como cualquier otra, por mucho que presente problemas específicos, que en todo caso deberían tratarse como procesos psico-fisiológicos”. Este método trata de reducir la teoría del conocimiento a la psicología entendida como ciencia natural, pero existen principios epistemológicos, constitutivos de una teoría del conocimiento, que no son reductibles a procesos psicológicos. El naturalismo no puede resolver cuál es la naturaleza de principios como el de la simplicidad de las teorías, el de conservación de las teorías heredadas ni el principio empirista, porque su método lo impide. Aún así el naturalismo ha dado lugar a una serie de investigaciones denominadas genéricamente ciencia cognitiva.

El trascendentalismo parte del giro copernicano de Kant. Se trata de analizar la relación entre conceptos y objetos, para averiguar en qué medida los objetos están determinados por los conceptos. Kant propugna estudiar cuáles son las leyes del entendimiento humano y cómo determinan al objeto, como método de la teoría del conocimiento. Es decir, el punto de vista trascendental parte de la hipótesis de que nuestros conceptos no dependen solamente de la información sensorial, sino también de la estructura formal de nuestro entendimiento.

El análisis ha sido un método usado para tratar los problemas del conocimiento desde sus orígenes. Si el conocimiento queda esencialmente fijado en la forma lógica de la representación y de su expresión, el análisis epistemológico no es ni más ni menos que análisis lógico.

La primera parte del libro concluye indicando que la pluralidad metodológica es una característica de la filosofía que la enriquece. No es necesario adscribirse a un método u otro sino que es mejor poder confrontarlos para crear un diálogo entre ellos, porque los problemas filosóficos admiten diversas formas de ser tratados.

La segunda parte se titula: El problema del conocimiento. Está formada por dos capítulos, en el primero se trata la definición y las características del conocimiento y en el segundo el problema del escepticismo.

La teoría del conocimiento debe empezar definiendo el conocimiento. La definición clásica es: “el conocimiento es la creencia verdadera justificada”. Pero existe un problema, un contraejemplo, que encontró Gettier: hay que precisar qué significa estar justificado, porque podemos tener unas razones para creer en algo que por casualidad coincida con algo verdadero, pero que no sepamos realmente, puesto que nuestras razones no eran las adecuadas. Se puede estar justificado en creer algo que es falso.

Los intentos de solucionar este problema se sucedieron con rapidez. Posibles soluciones: negar que los casos Gettier sean contraejemplos, la búsqueda de la tercera o la cuarta propiedad,… Grimaltos y Hookway defendieron que los casos de Gettier no eran realmente contraejemplos porque el sujeto no tenía la creencia que se le atribuía.

No sólo el método, sino su aplicación concreta y particular en un determinado momento, debe ser fiable. Además una creencia debe rastrear la verdad y la justificación que tenemos no puede ser cancelada o cancelable.

Para juzgar si un sujeto sabe, hay que tener en cuenta la evidencia que tiene y hasta que punto ésta elimina la posibilidad de que su creencia sea finalmente falsa. La justificación es uno de los ejes centrales del quehacer epistémico y es necesario estudiar su naturaleza.

La teoría del conocimiento trata de lo que llamamos conocimiento cuando nos referimos a algo más que al hecho de no ignorar o al hecho de tener información, cuando nos referimos a las garantías de nuestras creencias, a la justificación.

Pero, ¿podemos tener garantías de que sabemos? Así surge el escepticismo, ¿es posible el conocimiento? El escepticismo global cuestiona la posibilidad de conocimiento en general, duda que conozcamos o que podamos llegar a conocer nada. Esto no debe preocuparnos si definimos el conocimiento de una manera tan estricta que no pueda ser alcanzado pero seguimos pensando que nuestras creencias están justificadas y son absolutamente razonables. Pero nos debe preocupar el escepticismo que se sitúa a nivel de la justificación porque puede hacernos dudar de nuestras razones para tener cierta creencia.

La fuente moderna del problema es Descartes. Él buscaba la certeza objetiva o lógica, sólo es cierto aquello que no puede ponerse en duda. Si eso es lo único que consideramos conocimiento o justificación, el escepticismo es irrefutable. Descartes afirma que hay una cosa que no puede ponerse en duda y es que si yo pienso (cosas falsas o ciertas, no importa), existo. Pero de esta certeza no podemos derivar el resto de nuestras creencias por un medio infalible, mediante la deducción lógica. ¿Cómo podemos deducir la existencia del mundo a partir del hecho de que yo, en tanto que pienso, existo y tengo experiencias sensoriales que creo que están causadas por él? Descartes lo solucionó con la ayuda de Dios, que no podía engañarle. Pero esta solución es considerada un círculo vicioso.

La epistemología posterior situó ese origen de todo conocimiento posible en las experiencias sensoriales subjetivas. El fundamento indubitable eran nuestras experiencias sensoriales consideradas en sí mismas, al margen de que se correspondan o no con la presencia de algo externo al sujeto.

Otros autores dicen que ser algo es igual que aparecer como un algo en condiciones normales de observación. Pero un escéptico siempre podría preguntar cómo podemos tener la certeza de que las condiciones de observación son normales. ¿Y si todas las experiencias que tenemos están causadas por unos electrodos situados en nuestro cerebro a los que una computadora envía estímulos eléctricos que nos proporcionan una representación completa de aquello que llamamos el mundo real? Podríamos ser sólo cerebros en cubetas y nunca llegaríamos a saberlo. Pero, ¿cambiaría en algo nuestra vida que lo que llamamos mundo real fuese sólo una ilusión?

El escéptico se sitúa a un nivel diferente del de nuestras creencias ordinarias. Cuestiona la validez general de nuestro sistema de creencias pero no podemos salir del sistema para comprobar si es el adecuado y como no existe esa posibilidad, debemos aceptar nuestras creencias, seguirían estando justificadas.

La verdad es algo externo al sujeto. Es algo ontológico y no epistemológico: depende del mundo y no de lo que creemos acerca del mundo. No podemos hacer de la verdad algo interno al sujeto haciendo de la certeza el criterio de la verdad. Si renunciamos a la certeza lógica como parte integrante del conocimiento, éste es de nuevo posible. Estamos todo lo seguros que podemos estar de la existencia de un mundo físico externo e independiente de nosotros. La hipótesis escéptica es, en nuestra vida ordinaria, sólo una especulación increíble.

Un problema que plantea el escepticismo es, que al no poder saber nada con certeza, digamos que todas las creencias tienen el mismo valor epistémico. Pero eso no es así, aunque su hipótesis fuese verdadera, es obvio que no todas nuestras creencias tienen el mismo estatus epistémico. Tenemos algunas creencias más justificadas y otras que lo están menos, a veces nos basamos en inferencias o generalizaciones que no son del todo fiables.

La tercera parte del libro se titula: El problema de la justificación. Consta de tres capítulos. El primer capítulo habla del fundamentalismo. La epistemología tradicional ha sido fundamentalista, ha considerado que el conocimiento debe tener unos fundamentos sólidos, unas creencias ciertas en sí mismas que sirvan de fundamento al resto. Las creencias básicas ponen fin a la cadena de justificación, no necesitan ser justificadas porque la justificación no puede convertirse en un regreso infinito ya que nuestra mente es finita. Las creencias últimas se justifican a sí mismas.

Los fundamentalistas defienden la diferenciación de dos tipos de creencias respecto de la justificación: las derivadas o inferenciales y las básicas o no inferenciales. Podemos distinguir dos tipos de fundamentalismo: el moderado, que defiende que las creencias básicas deben estar justificadas sin apelar a otras creencias pero no tienen por qué ser infalibles, y el débil, que defiende que las creencias básicas poseen cierto grado de justificación que no es suficiente para sí mismas, pero que pueden recibir justificación adicional de las otras creencias, en la medida en que éstas constituyen un sistema coherente. Esta segunda posición es una mezcla del fundamentalismo y el coherentismo.

El segundo capítulo habla del coherentismo, que considera que todas las creencias están al mismo nivel, sustentándose mutuamente, como una red. Rechaza la idea de que la justificación pueda incurrir en un regreso infinito, pero acepta la idea de que la justificación consista en un círculo, que no se considera vicioso.

La coherencia consiste en que no haya una contradicción explícita entre los elementos del sistema y además que unas creencias sirvan como explicación de otras. Los hechos se explican en la medida en que se ponen en conexión con otros. Pero una creencia que no sea consistente con el resto de las creencias de un individuo, acabaría con toda la red, no estaría justificado en mantener ninguna de sus creencias.

Los autores mantienen que no todas las creencias son relevantes para justificar una determinada creencia, pero que dividir el sistema de creencias de un sujeto en subconjuntos inconexos es inadecuado. La justificación no es algo absoluto, admite grados.

La objeción más grave que se le hace a esta corriente es que si la justificación es simplemente una cuestión de coherencia interna entre las creencias de un sistema, entonces se desprenderían las siguientes consecuencias: 1) no hay forma de distinguir ni elegir entre sistemas coherentes alternativos, 2) la experiencia no tiene ningún papel relevante en nuestro sistema de creencias, y 3) un sistema puede ser perfectamente coherente pero muy alejado de la verdad.

Es necesario utilizar las creencias perceptivas como una clase especial de creencias dentro del sistema, quedando esta corriente igualada al fundamentalismo débil. Las creencias perceptivas tienen un papel más básico y fundamental que el resto.

El tercer capítulo trata sobre si el sujeto ha de ser consciente o no de los factores que sustentan su creencia, para estar justificado, es decir: el internismo frente al externismo. Esta contraposición se superpone a la de fundamentalistas frente coherentistas, responde a diferentes criterios.

El externismo defiende que la justificación es algo externo a la perspectiva del sujeto, la justificación es algo que está caracterizado por la relación entre la creencia y el mundo, y no por la relación entre la creencia y quien la cree.

El internismo puede caracterizarse por afirmar que la condición externa no es ni necesaria ni suficiente: la justificación debe valorarse únicamente en términos de los factores accesibles al sujeto. El internista no dice que el sujeto que cree sea la máxima autoridad sobre su justificación, de manera que si él piensa que está justificado, entonces lo está. Para el internista, la justificación es una cuestión que afecta a la seriedad, la responsabilidad y el rigor con el que el sujeto ha llevado a cabo la indagación que le ha permitido obtener su creencia. Si hay una razón que cuenta claramente en contra de una determinada creencia, pero esta razón no está al alcance del sujeto, la creencia sigue estando justificada. Los autores del libro se inclinan por esta segunda corriente. 

La cuarta parte del libro se titula: Las fuentes del conocimiento empírico. Se ocupa de dos formas de adquirir conocimiento sobre el mundo: la percepción y la inducción.

El primer capítulo trata del problema epistemológico de la percepción. La percepción es la forma primera y más directa de obtener conocimiento sobre el mundo. Las tres principales teorías de la percepción son: 1) el fenomenalismo, 2) la teoría causal de la percepción o representacionalismo, y 3) el realismo directo.

El fenomenalismo es una forma de fundamentalismo empirista, su motivación es anti-escéptica. Busca creencias básicas que jamás puedan contener error alguno y las encuentra en la experiencia privada. Los autores rechazan esta corriente porque implica que la realidad física, permanente y pública, está conformada por entidades efímeras y privadas.

La teoría causal tiene una apariencia cientifista. Las principales aportaciones de esta teoría son la apelación al nexo causal en la percepción, como determinante nomológico de la experiencia perceptiva, y la reivindicación de esta experiencia, como un ingrediente esencial del fenómeno perceptivo.

Las experiencias que tenemos de los objetos pueden ser muy diferentes unas de otras, y en ocasiones quizá no pueden describirse ni darse a conocer a alguien que no las comparte, pero las experiencias son experiencias de cosas, son las cosas las que se experimentan. Podemos aceptar, por tanto, el realismo directo de sentido común.

El segundo capítulo trata de la inducción o razonamiento inductivo. Un argumento inductivo es aquel argumento válido en el que es posible que las premisas sean verdaderas y la conclusión falsa, aquel en el que la conclusión no se sigue necesariamente de las premisas. Las premisas no prueban la conclusión, sólo le confieren probabilidad.

La quinta parte del libro se titula: Significado y conocimiento. Está formada por tres capítulos. El primero trata sobre el problema del significado. El significado no es una relación fija y determinada entre palabras y cosas: el significado no es otra cosa que el uso variado y múltiple que hacemos de las expresiones lingüísticas. El lenguaje es una actividad reglada, y por tanto, pública. El objetivo de la semántica no es indagar significados, sino reglas de comportamiento lingüístico, pero entendiendo el comportamiento no bajo el esquema estímulo-respuesta, sino como una conducta reglada en contextos sociales, cuyas reglas de uso establecen los esquemas conceptuales con que entendemos el mundo.

El segundo trata sobre los términos, enunciados y teorías. La unidad básica semántica ha sido históricamente el término. El término puede ser un nombre o un predicado. Los términos siempre refieren en su función semántica al lugar que ocupan dentro de la relación sujeto-predicado, adquieren significado en el contexto proposicional. Por ello no son unidades significativas, sino partes de una unidad significativa más compleja, el enunciado.

Si consideramos el enunciado como unidad básica y no el término, hablaremos de hechos y no de conceptos ni de objetos. Pero la significación de los enunciados, considerados aisladamente, no está determinada: la determinación semántica depende de estructuras más complejas, los sistemas de enunciados o teorías. Una teoría es cualquier conjunto sistemático ordenado de expresiones lingüísticas que intentan representar una realidad global.

Ningún enunciado es inmune a la revisión, todo enunciado, por mucho que haya sido considerado verdadero hasta ahora, puede ser considerado falso y eliminado, con tal de preservar el sistema.

El tercer capítulo, y último del libro, trata sobre el dualismo analítico/sintético. Esta dualidad ha devenido una escisión entre dos mundos epistémicos: el mundo de las verdades necesarias y el mundo de las verdades contingentes. Las primeras no pueden ser falsas, las segundas son provisionales y están sometidas a una constante revisión.

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