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¿Cómo resuelve Leibniz el problema de la unidad y la multiplicidad?

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Vienen a por nosotros

Hay en Leibniz una división entre el plano o ámbito de lo fenoménico, en el que cualquiera puede experimentar con facilidad la multiplicidad de fenómenos, y el plano de lo sustancial. Hay una multiplicidad fenoménica, aparente, y una radical: la diversidad existente entre las mónadas que son entes únicos, singulares y, esencialmente, indivisibles.

Es necesario que haya mónadas, sustancias indivisibles puesto que hay sustancias compuestas1. Las sustancias compuestas pueden ser divididas en otras más simples, y, si no queremos seguir con un proceso interminable de división hasta el infinito, es necesario que existan sustancias atómicas.

La mónada es simple y no tiene partes2. Siendo de este modo, casi no debería tener cualidades, pero debe tenerlas. De lo contrario, si no las tuviera, no serían indiscernibles unas mónadas de otras3 y hay multitud de mónadas distintas. Esta multiplicidad de sustancias simples es real, no es la multiplicidad aparente del ámbito fenoménico.

Además no sólo hay pluralidad de sustancias individuales, hay cambios en la unidad de cada una4, cambios que vienen de un principio interno5 puesto que nada del exterior puede producir ningún efecto en ellas. Leibniz entiende que todo ser creado está sujeto a cambio contínuo6. Estos cambios naturales son graduales, aunque en las mónadas no hay compartimentos, no hay secciones, contradictoriamente sólo cambian en parte, siempre permanece constante algo de ellas7. Algo cambia pero, si sólo Dios puede crear y destruir las sustancias individuales8, en ese cambio debe permanecer algo de ellas, un sustrato común, debe haber una continuidad.

Leibniz llama percepción al estado transitorio que reune una multitud en la unidad de la sustancia individual9, es decir, los distintos momentos del cambio de la mónada, los distintos estadíos de una misma sustancia. El principio interno que motiva los cambios de las mónadas se llama apetición10. Podemos entender apetición como la tendencia que tiene la mónada a desenvolverse, a producir en ella los cambios que están en su naturaleza. Es decir, en la unidad de la mónada está implicada su multiplicidad, está en su naturaleza única prefijado su desenvolvimiento, su paso por distintas percepciones. La apetición es la tendencia a realizarlas, la tendencia a explicitarlas.

La mónada es un centro perceptivo que integra la multiplicidad, el cambio, pero ésta está en relación, no inmediata pero sí mediante Dios, con otras unidades y esa segunda multiplicidad también se integra. Las mónadas son distintas perspectivas solamente, distintas perspectivas de un mismo universo11, expresión (o conjunto de expresiones finitas, en cada criatura, cada sustancia individual) de un sólo Dios, sustancia individual también, única pero con un conocimiento infinito.

Si el universo no tuviera armonía, la mónada, que es reflejo del todo, estaría internamente descompensada. El universo es un todo bien cohesionado pues cada mónada es un reflejo de ese todo y forma una unidad, es algo simple, no es un agregado de partes. Un cambio en el universo se resiente en cada mónada, un cambio de una mónada se resiente en todas ellas. Existe una armonía que, además, está preestablecida porque es divina y en Dios todas las mónadas están incluidas, implícita y explícitamente. Dios refleja, percibe, todo el universo. Tiene multitud de perspectivas distintas de éste y crea sustancias individuales que perciben una de esas perspectivas12. Si no estuviera todo previamente ordenado, compensado, querría decir que no hay en Dios un equilibrio interno, que está descompensado.

Las percepciones de las distintas sustancias individuales se corresponden entre sí pero sólo Dios es causa de esa correspondencia. Lo que le ocurre a cada sustancia individual no es más que una consecuencia, un reflejo, de su noción del todo, es decir, es sólo una parte de la idea divina del universo previa a la creación, la idea que encierra ya todo lo que ocurrirá, que contiene todo13. Dios ha establecido el acomodo entre las sustancias individuales entre sí14 y lo hizo previamente a la creación, en sus cálculos de los composibles del mejor mundo posible.

Dios es el origen de todas las demás sustancias individuales, las emana15. Todas las mónadas derivan de Dios que las crea por contínuas fulguraciones16, emanaciones divinas de luz. Cada mónada conserva su singularidad, tiene una perspectiva distinta al resto, y Dios reune la diversidad conservándola, armonizándola. Dios tiene una perspectiva absoluta, conoce desde todas las perspectivas, no las anula, las recoge.

Dios es la unidad máxima, la unidad suprema. Él integra las distintas perspectivas de las sustancias individuales, integra la pluralidad sustancial. Es la unidad que da origen a todo, da origen a toda multiplicidad. Como dice Leibniz, Dios es la unidad primitiva17, la unidad última necesaria. Vemos un mundo lleno de detalles y en cambio constante18 pero la razón última de todos estos cambios es única, Dios los reúne a todos19.

1Monadología: 2.

2Monadología: 1.

3Monadología: 8.

4Monadología: 10.

5Monadología: 11.

6Monadología: 10.

7Monadología: 13.

8Monadología: 6.

9Monadología: 14.

10Monadología: 15.

11Monadología: 57.

12Discurso de metafísica: 14.

13Discurso de metafísica: 14.

14Discurso de metafísica: 15.

15Discurso de metafísica: 14.

16Monadología: 47.

17Monadología: 47.

18Monadología: 36.

19Monadología: 38.

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