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Meditación Metafísica II

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VelaComentario a la segunda meditación metafísica de René Descartes.

Descartes, aunque sobrecogido por el resultado de su primera meditación, decide seguir el camino que emprendió, su búsqueda de un punto arquimédico, una certeza, “un punto que fuese firme e inmóvil”.

Aunque haya un genio maligno que me engañe constantemente, dirá Descartes, no hay duda de que “esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, siempre que la pronuncio o que la concibo en mi entendimiento”. Siempre que pienso, afirmo a la vez y simultáneamente mi existencia (Cogito ergo sum). Consigue así Descartes la buscada certeza, una verdad indubitable.

Recuerda el modo de alcanzar el cogito de Descartes a San Agustín: “Aun entonces, si dudo, existo, y si me engaña, y por mucho que me engañe, no puede nunca hacer que yo no sea nada en cuanto pienso que soy algo”. “En primer lugar, para empezar por lo que es más evidente, te preguntaré si existes o no. En esto no puedes tener tú miedo de ser engañado, porque si no existieses no podrías ser engañado” (Sobre el libre arbitrio, libro II, cap.3).

Pero, si suponemos que hay un genio maligno que emplea todas sus fuerzas en engañarnos, ¿qué somos? ¿Cómo contestar? Descartes dirá que antes de haber llegado a esa hipótesis, antes de haber derruido todos sus fundamentos, hubiese contestado: un “animal racional”. Pero habría que entrar en dudosas consideraciones sobre la animalidad y la racional.

Quizás: una entidad con cuerpo y alma. Pero no puede asegurar que ninguno de los atributos del cuerpo o del alma esté en él, excepto el pensar. “El pensamiento es un atributo que me es propio”, “no puede ser separado de mí”. Soy “una cosa que piensa, es decir, un espíritu o una razón”. Es más fácil conocer el espíritu humano que el cuerpo, porque con la hipótesis del genio maligno, no podemos confiar en que nada, a parte de nuestro ser pensar, exista.

Aunque es la filosofía de Descartes un punto de partida para el idealismo, queda en él un importante residuo realista al considerar al yo como “cosa”, como sustancia (res cogitans). El dualismo cartesiano afirmará el espíritu o alma como una entidad separable de toda corporeidad y cuyo atributo o cualidad esencial es el pensamiento, que incluye como modos: los actos del entendimiento, de la memoria, de la imaginación, de la voluntad, así como los sentidos y los sentimientos.

“¿Qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina y que siente”. Pensar incluye así no sólo las capacidades cognitivas o intelectuales, sino también las imaginativas, las volitivas o sensitivas. Aunque imagine cosas falsas, yo pienso que yo imagino, eso es indiscutible. También, si captamos cosas de fuera de nosotros, es que existimos. Se puede decir, que cualquier acto de percepción prueba la existencia de la mente.

Descartes reconoce que, aunque parece extraño, conoce y comprende más distintamente las cosas cuya existencia le parece dudosa, que le son desconocidas y que no le pertenecen, que su propia naturaleza. Y pone un ejemplo: un pedazo de cera que puede sufrir muchos cambios pero que sigue siendo el mismo. La cera es un objeto “extenso, flexible y mutable”. Puede sufrir más cambios de los que podemos imaginar, es incomprensible para la imaginación, pero sí podemos comprenderlo con el entendimiento. Aunque los atributos percibidos por nosotros varíen, conocemos su identidad por un juicio que realiza nuestra mente. “Los cuerpos mismos no son propiamente conocidos por los sentidos o por la facultad de imaginar, sino sólo por el entendimiento, y que no son conocidos en cuanto son vistos o tocados, sino solamente en cuanto son entendidos o comprendidos por el pensamiento”.

Volviendo al cogito ergo sum, Nietzsche señalará que esta proposición no es una certeza o evidencia inmediata. La desenmascara con las siguientes preguntas: ¿Qué me da derecho a hablar de un yo causa de pensamientos? ¿Qué me da derecho a hablar de un yo como causa? ¿Con qué derecho se postula un sujeto agente, presupuesto nuclear del cogito? ¿Por qué creo en causa y efecto? ¿Qué me da derecho a hablar de un yo? ¿Por qué no entender el ser del sum como devenir o acontecer y no como sustancia? Podemos comprobar que Descartes no se ha deshecho realmente de su presupuestos.

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