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Frankenstein y la tecnociencia

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Según la distinción conceptual tradicional, la ciencia produce conocimiento-de-que (knowledge-that), es decir, un conocimiento descriptivo; y la tecnología produce conocimiento-de-cómo (knowledge-how), es decir, un conocimiento aplicado. Sin embargo, en la actualidad, la frontera entre la ciencia y la tecnología se debilita cada vez más.

Señala Javier Echeverría (Echeverría 2009) que, frente a la concepción moderna de la ciencia, aquélla que pretende conocer y explicar el mundo, surge una nueva concepción: la tecnociencia contemporánea. La tecnociencia tiene como objetivo transformar el mundo, no sólo describirlo y predecir acontecimientos. Aunque Echeverría fije el surgimiento de la tecnociencia tras la II Guerra Mundial, Shelley nos muestra en su novela a un científico con ambiciones distintas a las del científico moderno, un científico que desprecia la aplicación de la ciencia de su época, demasiado limitada, y que ansía el poder que da el conocimiento. Frankenstein añora el afán transformador de los alquimistas y le parece “indudable que su grandeza de espíritu es superior a cualquier realización empírica de los estudios modernos” (Shelley 2002, 38). Ellos no tenían conocimientos suficientes acerca del mundo, pero entiende Frankenstein que la alianza de aquel afán con la ciencia de su tiempo puede otorgar un poder ilimitado al hombre (Shelley 2002, 39). Y ésta es nuestra criatura: la poderosa unión de la tecnología y la ciencia, que se torna monstruosa cuando su desarrollo no está bien dirigido.

Frente al optimismo que provocaba el ideal del progreso, el desarrollo científico y tecnológico, Shelley nos hace reflexionar. Se nos muestra una nueva actitud de repulsa por la antes amada ciencia. Frankenstein dice, pasada ya la noche fatal en la que da vida a su criatura, sentir “una enorme repulsión por todo cuanto se relacionase con las ciencias naturales” y que “el simple hecho de ver cualquier instrumento de manipulación química me producía una alteración tal, que repercutía en mi sistema nervioso” (Shelley 2002, 55). Sin embargo, la criatura de Frankenstein asustaba por su aspecto pero no era mala, los culpables de su maldad son los hombres, ellos tienen la culpa de que la criatura les pierda el respeto (Shelley 2002, 105-107). Así se sostiene una débil neutralidad de la tecnología, en la que el mal viene no de ella misma sino del hombre. La criatura tiene algo de monstruosa en su esencia pero no es ella la responsable de su monstruosidad sino que es fruto del pecado de hybris de Frankenstein; de su esencia artificial, es decir, antinatural, deviene su monstruosidad.

Hay en la novela de Shelley una sospecha acerca de los fines de la ciencia, aunque todavía no se esté ante la megaciencia, o Big Science, de Weimberg y Price, dirigida por programas políticos nacionales o internacionales, ni la tecnociencia de Echeverría; pero sí está en tela de juicio la ambición que guía al científico. La motivación de Frankenstein es hacer lo que nadie ha hecho antes, llegar más lejos y así, Frankenstein, “dominado por un impulso frenético”, utiliza cualquier medio a su mano (“todo era válido y justificable”) para alcanzar su objetivo (Shelley 2002, 45).

 

BIBLIOGRAFÍA:

ECHEVERRÍA, Javier. 2009: “Interdisciplinariedad y convergencia tecnocientífica nano-bio-info-cogno”. Sociologías 22, pp. 22-53.

 SHELLEY, Mary. 2002: Frankenstein. Madrid: Rueda.

Written by umanoidemanme

5 marzo, 2011 a 12:01

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