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El imperativo tecnológico

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Todo lo que técnicamente puede hacerse, se hará, sin tener en cuenta nada más. Éste es el “imperativo tecnológico”, una de las manifestaciones de la tecnociencia autónoma (Riechmann 2005, 320). Así Frankenstein no se preocupa en preguntarse un por qué hacer lo que hace, simplemente se deja arrastrar por su afán de conocimiento. Es incapaz de ponerse límites, no puede contenerse, no puede reprimir su curiosidad científica.

Puede leerse la novela de Shelley como una defensa de los valores tradicionales frente a los nuevos valores que acompañan al progreso tecnológico como el de revolución y el de individualismo. “La novelista enseña a desconfiar de empresas como las frankenstenianas, que prometen la felicidad futura a toda la humanidad, a costa de la vida y del amor de aquellos que ya están a nuestro lado” (Vega 2002, 355).

Hace Shelley una defensa de la cultura familiar. Frankenstein se aleja de su familia para crear al monstruo y luego el monstruo lo arrastra más lejos. Frente al estar en familia, Shelley presenta la soledad como mal. Frankenstein está solo, la criatura lo está, y en la soledad surge un yo monstruoso (Vega 2002, 327). Quizá, atendiendo al criterio de eficiencia que dirige la tecnología, tendrán más éxito las relaciones sociales a través de internet que en la vida real, pero tiene un algo de perverso. Aparece como un acercamiento pero quizás lo que hace es aumentar el abismo que hay entre nosotros y los demás.

A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, experimentos como los de Frankenstein, intentos de dar vida a un cadáver a través de la electricidad, se repitieron en Inglaterra. Aldini, el sobrino de Galvani, hizo dos experimentos públicos, en 1802 y 1803, en los que consiguió que el cadáver de un delincuente abriera los ojos, gesticulara y, en 1804, consiguió que otro volviera a respirar durante unos instantes (Vega 2002, 200). La historia de Shelley no parecía en aquel momento completamente descabellada, “no fantaseaba acerca de la ciencia, sino que más bien reflexionaba” (Vega 2002, 201). Puede entenderse la novela como una crítica de las motivaciones de estos experimentos, faltos de reflexión, porque, como dice Sanmartín, la aceptación acrítica del imperativo tecnológico lleva, frecuentemente, a incurrir en un determinismo tecnológico (Sanmartín 1990, 77). Si no guiamos a la tecnociencia mediante nuestros propios valores, ésta nos arrastrará a nosotros.

 

BIBLIOGRAFÍA:

RIECHMANN, Jorge. 2005: Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia. Madrid: Catarata.

SANMARTÍN, José. 1990: Tecnología y futuro humano. Barcelona: Anthropos.

SHELLEY, Mary. 2002: Frankenstein. Madrid: Rueda.

VEGA, Pilar. 2002: Frankensteiniana. La tragedia del hombre artificial. Madrid: Tecnos.

Written by umanoidemanme

10 marzo, 2011 a 10:41

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