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Sobre la norma del gusto de Hume

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De museos 3

En Sobre la norma del gusto, Hume aborda el problema de la diversidad y unidad del juicio estético. El sentido común nos dicta que el gusto es un sentimiento subjetivo y, al mismo tiempo, nos impone la certeza de que ciertas obras de arte son objetivamente superiores. Para resolver esta contradicción, Hume apela a una norma que identifica con el veredicto unánime de los críticos competentes.

Para empezar, se le hace necesario a Hume atender a la gran variedad de gustos y opiniones que prevalece en el mundo. Sobre los gustos, resulta evidente que los sentimientos de los hombres con respecto a la belleza o deformidad de cualquier tipo difieren a menudo entre sí, aun cuando el discurso que estos sostienen es el mismo. Todos los hombres que utilizan el mismo idioma deben estar de acuerdo en la aplicación de los términos lingüísticos para los elogios y para la censura, se pronuncian al unísono a favor de cuanto designan los que suponen elogios, mientras que rechazan de la misma manera todo aquello a que se refieren los términos censores. De forma que es en la consideración de los casos particulares donde se desvanece la aparente unanimidad que deja paso a la discordia que conlleva la asignación de significados muy diferentes a las mismas expresiones. Todos señalamos la elegancia como algo a aplaudir, pero qué sea elegante es algo distinto para cada persona.

Sobre la opinión, en las materias científicas o que conciernen a la razón, la diferencia radica más en lo general que en lo particular, de manera que una simple aclaración terminológica desvela a menudo el acuerdo latente.

El hombre busca naturalmente una norma del gusto mediante la cual pueda reconciliar los sentimientos divergentes. Pero es imposible obtenerla.

Todo sentimiento es correcto en la medida en que no se refiere a nada que esté fuera de sí, limitándose a señalar una cierta relación entre el objeto y las facultades mentales. Por el contrario, en el caso del juicio, las determinaciones del entendimiento no siempre son correctas, pues se hallan referidas al exterior, constituyéndose en cuestiones de hecho.

La belleza no es una cualidad de las cosas mismas sino que existe sólo en la mente de quien las contempla, de suerte que cada mente percibe una belleza diferente. No hay impresiones de la belleza. La búsqueda de la belleza real sería necesariamente infructuosa. En este sentido, el dicho popular ha establecido la inutilidad de discutir sobre gustos, axioma que hemos de extender tanto al gusto de la mente como al del cuerpo, conciliando la filosofía con el sentido común.

Sin embargo, existe una especie de sentido común que se opone a esta concepción y viene a quebrar el principio de la igualdad natural de gustos, a la luz de la comparación de objetos muy desproporcionados. Lo que llamamos “bello” responde a una preferencia compartida de los individuos, es decir, se deriva de una concordancia sistemática o por lo menos general en la inclinación por algo. Existe frente al subjetivismo exacerbado, cierta objetividad, ciertas reglas generales de aprobación o censura respecto del gusto estético que pueden obtenerse de la experiencia, de la observación general de lo que universalmente complace a los hombres y, por ende, existe la posibilidad del juicio crítico.

Hume fija cinco condiciones idóneas para la posibilidad del juicio crítico:

  1. Delicadeza del gusto: aunque hemos de admitir que la belleza y la deformidad no son cualidades de los objetos, también debemos reconocer la existencia de ciertas cualidades de dichos objetos que por naturaleza son apropiadas para producir los sentimientos anteriores. Ahora bien, como a menudo estas cualidades se hallan en pequeño grado o confundidas entre sí, para que el gusto sea afectado por ellas, el ser humano en cuestión habrá de contar con una gran sutileza y exactitud en los órganos de sus sentidos.
  2. La práctica: nada contribuye con más fuerza a mejorar la delicadeza y, por ende, el juicio crítico que la práctica de un arte particular y la frecuente contemplación de una clase particular de belleza.
  3. La comparación: la práctica conlleva la comparación de las diferentes clases de belleza que se presentan, contribuyendo también a mejorar las condiciones de posibilidad del juicio crítico.
  4. Libertad de prejuicios: el crítico ha de ser ajeno a todo prejuicio, nada ha de influir en él salvo el objeto en cuestión. En este sentido, el crítico ha de situarse en el punto de vista que la obra en cuestión requiera, para no descontextualizarla.
  5. Buen sentido: pertenece a esta facultad el controlar el influjo de los prejuicios que debilitan la solidez del juicio. En esta medida, se halla vinculado con la razón.

Esto muestra que la facultad del gusto tiene una cierta peculariedad: es desarrollable o perfectible. Aunque todos estamos sometidos a los mismos principios operacionales de las facultades, no todos reaccionamos del mismo modo ni con la misma intensidad frente a los estímulos externos, por la sencilla razón de que no todos hemos desarrollado del mismo modo nuestros respectivos gustos.

Podemos afirmar que la persona que posea las facultades consideradas anteriormente, es el verdadero juez en bellas artes, de suerte que su veredicto unánime constituye la verdadera norma del gusto y de la belleza por la que nos venimos interrogando. Norma del gusto que resulta, pese a todo, relativizada en cierta medida por los diferentes temperamentos de los hombres y los hábitos propios de las épocas y países particulares, en especial, los morales. Puede darse el caso de que dos personas fueran en sus respectivas culturas excelentes jueces del gusto y, no obstante, que no coincidieran en al menos algunos de sus juicios.

La acusación más frecuente contra las cinco condiciones que señala Hume es que incurren en un círculo vicioso. Para distinguir las obras de arte excelentes se ha de acudir a los críticos competentes, los que posean las cinco cualidades, pero para decidir si un crítico cumple estas condiciones tengo que determinar si aprueba las obras excelentes y condena las malas. Así pues, para poder valorar las obras hay que evaluar a los críticos y para evaluar a los críticos hay que valorar las obras.

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2 comentarios

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  1. ¡Vaya que es un problema!

    seldes13

    6 febrero, 2014 at 17:30

  2. Un comentario, divertido. Miau. Un comentario, aburrido. Guau. Un comentario, malicioso. Muuuuuu. Un comentario, precioso. [Ruido de ardilla] Un simple comentario; muchas gracias por la información. ¿Usted qué ha estudiado o que estudia?

    Miau.

    7 febrero, 2014 at 17:29


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