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Lo sublime en Kant

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Lo bello tiene de común con lo sublime que ambos placen por sí mismos. Además, ninguno de los dos presupone un juicio sensible determinante, ni un juicio lógico, sino un juicio de reflexión.

Lo bello difiere de lo sublime en:

  1. Lo bello de la naturaleza se refiere a la forma del objeto, que consiste en su limitación; lo sublime, al contrario, puede encontrarse en un objeto sin forma, en cuanto en él es representada la ilimitación y pensada una totalidad de la misma.
  2. En lo bello intervienen tanto la imaginación como el entendimiento y en lo sublime intervienen la imaginación y la razón.
  3. Relacionada con la satisfacción. Lo bello lleva consigo directamente un sentimiento de impulsión a la vida y, por tanto, puede unirse con una imaginación que juega, mientras que el placer que produce lo sublime es un placer que nace sólo indirectamente, del modo siguiente: produciéndose por medio del sentimiento de una suspensión momentánea de las facultades vitales, seguida inmediatamente por un desbordamiento tanto más fuerte de las mismas; y así, como emoción, parece ser, no un juego, sino seriedad en la ocupación de la imaginación.
  4. La diferencia más importante e interna entre lo bello y lo sublime es que en lo sublime la naturaleza violenta la imaginación, haciendo que ésta, la imaginación, imagine lo que no ve.

Lo propiamente sublime no puede estar encerrado en forma sensible alguna, sino que se refiere tan sólo a ideas de la razón que, aunque ninguna exposición adecuada de ellas sea posible, son puestas en movimiento y traídas al espíritu justamente por esa inadecuación. De este modo, no se puede llamar sublime al amplio océano en irritada tormenta. Para lo bello de la naturaleza tenermos que buscar una clase fuera de nosotros; para lo sublime, en cambio, sólo en nosotros y en el modo de pensar que pone sublimidad en la representación aquella.

Lo sublime conmueve y lo bello encanta. La vista de una montaña, cuya cima nevada se yergue por encima de las nubes, suscita el sentimiento de lo sublime; un prado lleno de flores cubierto por un rebaño pastando, suscita una sensación apacible pero que es alegre y risueña: lo bello. La noche es sublime, el día es bello. Lo sublime ha de ser siempre grande, lo bello puede ser pequeño. Lo sublime debe ser sencillo, lo bello puede estar adornado.

Lo sublime es de diferentes especies: si viene acompañado el sentimiento de lo sublime por horror o melancolía, es lo sublime-terrible; si viene acompañado únicamente de admiración sosegada: lo noble; y si viene acompañado de una belleza que se extiende sobre un plano sublime: lo magnífico. Así, la soledad profunda es sublime, pero de una manera terrible; por lo que las grandes extensiones desérticas han dado ocasión, en todo tiempo, para figurarse allí sombras horribles. Con otro ejemplo: una gran altura es sublime del mismo modo que una gran profundidad pero la primera va acompañada con la sensación de estremecimiento y aquélla con la de admiración; así, la primera es una sensación sublime-terrible y la segunda noble.

Lo sublime, al igual que lo bello, como juicio reflexionante estético, debe su satisfacción ser un valor universal, según la cantidad; carecer de interés, según la cualidad; hacer representable una finalidad subjetiva, según la relación; y hacerla representable como necesaria, según la modalidad.

Hay una división que el análisis de lo sublime necesita y que no necesitó el análisis de lo bello: lo sublime matemático y lo sublime dinámico.

Lo sublime matemático: lo que es absolutamente grande, lo infinito. Absolutamente grande quiere decir que es grande por encima de toda comparación, al menos con una medida objetiva. Es lo que, sólo porque se puede pensar, demuestra una facultad del espíritu que supera toda medida de los sentidos.

La apreciación de las magnitudes mediante conceptos de números es matemática; pero la de la mera intuición (por la medida de los ojos) es estética. Ahora bien: no podemos adquirir conceptos determinados de cómo sea de grande una cosa más que por números, pero toda apreciación de magnitudes de los objetos de la naturaleza es, en último término, estética, es decir, subjetiva y no objetivamente determinada. Para la apreciación matemática de las magnitudes no hay ningún máximo, pero para la apreciación estética sí. Cuando la imaginación se ve obligada a forzar ese máximo, encontramos lo sublime.

Lo sublime matemático no tiene relación con los productos humanos sino con la naturalea en bruto, y tampoco está asociada a ninguna emoción de verdadero peligro. Es la naturaleza en aquellos fenómenos cuya intuición lleva consigo la idea de su infinitud.

Lo sublime dinámico: suscitado este sentimiento por fuerzas de la naturaleza superiores a nosotros, que abruman. Es el sentimiento despertado ante una gran tempestad. Provoca por un lado temor, sentimiento de total impotencia y por otro nos hace sentir una capacidad de resistir, valor. Es un medirse uno mismo con respecto a la naturaleza, un sentimiento de estimación por nuestro propio destino, la más alta celebración de nuestra libertad de seres espirituales en el mundo de la naturaleza. Sin darnos cuenta, podemos cambiar la estimación y volverla hacia el objeto cuando en realidad lo deberíamos hacer hacia la humanidad que vive en nuestra persona, como sujeto de libertad.

Written by umanoidemanme

15 marzo, 2011 a 12:23

2 comentarios

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  1. Muchas gracias por el aporte, me ayudo a comprender el tema en general.

    joyce

    11 mayo, 2015 at 2:25


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