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Frankenstein y el determinismo tecnológico

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Tras la idea popular de que controlar el desarrollo tecnocientífico es como intentar ponerle puertas al campo, se esconde una idea que no se justifica ni ética ni empíricamente: el determinismo tecnológico (Diéguez 2005, 2). Se entiende por determinismo tecnológico dos tesis lógicamente independientes, que pueden ser asumidas juntas o no: 1) en filosofía de la tecnología, la posición que sostiene que el cambio tecnológico está determinado por completo y únicamente por leyes internas e independientes de la voluntad humana, es decir: “la tecnología está sujeta a un proceso autónomo de desarrollo que, por no obedecer a ningún agente externo a la propia tecnología, se puede considerar como determinado por una lógica interna”; y 2) en historia, “la tesis que sostiene que la tecnología determina (o influye de forma decisiva en) el curso de la historia” (Diéguez 2005, 3). El determinismo tecnológico se opone al voluntarismo tecnológico, pero ambas posiciones son, según Ikka Niiniluoto, demasiado extremas, son unilaterales y simplistas y, por lo tanto, parcialmente falsas.

Dentro de la concepción determinista de la tecnología, distingue Niiniluoto un determinismo romántico y un determinismo tecnocrático. Frankenstein or The Modern Prometeus es un representante del determinismo romántico. La técnica moderna no es tan poderosa como la tecnología contemporánea pero, aunque no dirija a la sociedad por completo, sí escapa al control de ésta. La técnica constituye un sistema auto-regulador cuyo único criterio de desarrollo es la eficiencia, es decir: la relación entre los recursos empleados y los objetivos determinados; menores recursos, mayor eficiencia (Martínez-Val 2000). Así la tecnología está sujeta a un proceso autónomo de desarrollo. Ella misma se da sus propios fines. De este modo, la criatura huérfana, despreciada por su creador, se hace cargo de sí y se desarrolla por sí misma (Shelley 2002, 103). Como dice Diéguez, según esta interpretación, la sociedad es incapaz de alterar el curso del desarrollo tecnológico (Diéguez 2005, 4). Según Jacques Ellul, ésta es una característica inevitable de la tecnología, puesto que “una vez alcanzado cierto nivel de complejidad, es autónoma por su propia naturaleza y sigue ya sólo leyes internas de desarrollo” (Diéguez 2005, 8).

Otra característica del sistema que constituye la técnica, según esta concepción, es que se sustenta a sí mismo, es decir: la solución a los problemas de la técnica reclama un desarrollo mayor de ésta. Los problemas que la tecnología ocasiona, con tecnología se arreglan, es decir: la solución se obtiene con “más de lo mismo” (Diéguez 2004, 312). Lo que le pide la criatura a Frankenstein es otra criatura: “tienes que crear una hembra con la que yo pueda vivir. Sólo tú puedes conseguirlo” (Shelley 2002, 113).

Además, la técnica es un sistema holístico porque no es posible separar de él lo bueno de lo malo. Hay bondad en el monstruo, su maldad viene de afuera, del rechazo de los hombres por ser distinto (Shelley 2002, 112). Pero, aunque lo único que ansía es un semejante al que amar, esta exigencia lo lleva a ser cruel, a su intento por destruir la vida de su creador. La criatura sólo quiere una compañera, pero Frankenstein teme las consecuencias de someterse a sus exigencias: “sus palabras me conmovieron, pero al pensar en las terribles consecuencias que mi consentimiento podía acarrear, tirité de miedo por un instante” (Shelley 2002, 115).

El determinismo tecnocrático, por otra parte, es la postura más actual y está representada por Langdon Winner, que concibe la tecnología como un ente poderoso que, en nuestra sociedad, dirige a la economía y a la política. El desarrollo de la sociedad occidental contemporánea está exclusivamente en manos de expertos tecnócratas (Diéguez 2005, 8), que carecen de cualquier consideración hacia las necesidades y los valores humanos, se autodirigen con sus propios criterios. Así como en nuestra sociedad la tecnología determina nuestro futuro, el curso de la historia; en la novela, la criatura, abandonada a su suerte, no sólo se hace cargo de sí sino que, con sus exigencias y amenazas, decide el futuro de Frankenstein. Es la criatura la que arrastra a Frankenstein hasta el Ártico (Shelley 2002, 155).

Frente al determinismo, el voluntarismo defiende que el cambio tecnológico no obedece a leyes internas sino que depende de elecciones basadas en necesidades y valoraciones humanas que son causal y conceptualmente independientes de la tecnología. Presenta dos variedades: la protecnológica y la antitecnológica. La primera sostiene que el mercado libre ejerce ya un control positivo y adecuado del desarrollo tecnológico y la segunda pretende sustituir las tecnologías fuertes actuales por tecnologías “suaves” o “alternativas”. El error del voluntarismo está en subestimar la fuerza con la que la tecnología es capaz de influir en nuestros valores. Entre tecnología y valores se da una interacción dialéctica (Diéguez 2005, 10), esto se debe a que la tecnología es inherente a nuestra naturaleza, nos constituye.

El determinismo, por su parte, se equivoca al sostener que las leyes del sistema tecnocientífico son regularidades universales, es decir: el sistema no está gobernado por leyes deterministas sino por leyes probabilísticas, por eso es imposible controlarlo por completo, ya que siempre surgirán accidentes, acontecimientos imprevisibles. Además de ser empíricamente falso (Diéguez 2005, 12), es éticamente insostenible: “al admitir que todo lo que pueda hacerse técnicamente se hará tarde o temprano, sea cual sea nuestro juicio moral sobre ello, lo que indirectamente se sugiere, por lo general, es que hemos de estar preparados para asumir cualquier resultado posible o incluso que la calificación moral está aquí fuera de lugar” (Diéguez 2005, 11). Esta postura nos llevaría a desembarazarnos de cualquier responsabilidad.

Tanto el voluntarismo como el determinismo se equivocan, pues la tecnología no está completamente fuera del control humano, pero sólo es controlable condicionalmente y dentro de unos límites marcados por la política y la propia sociedad. En una sociedad acrítica, dirigida por valores tecnocráticos, la tecnología sí se torna incontrolable, pero estar fuera del control humano no es una característica inherente a ella.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Diéguez (coords.), Tecnociencia y cultura a comienzos del siglo XXI. Málaga: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, pp. 311-328.

— 2005: “El determinismo tecnológico: indicaciones para su interpretación”. Argumentos de Razón Técnica 8, pp. 67-87. 

MARTÍNEZ-VAL, José Mª (ed.). 2000: Diccionario enciclopédico de la tecnología. Madrid: Síntesis.

SHELLEY, Mary. 2002: Frankenstein. Madrid: Rueda.

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