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¡Hagamos teoría!

La hipótesis asombrosa

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Francis Crick llamó “hipótesis asombrosa”, a la idea de que nuestros pensamientos, sensaciones, alegrías y dolores consisten por entero en la actividad fisiológica de los tejidos cerebrales. La conciencia no reside en un alma etérea que hace uso del cerebro como si ésta fuera un dispositivo de hardware electrónico; la conciencia es la actividad del cerebro. Los neurocientíficos cognitivos han ayudado mucho a exorcizar ese fantasma, afirman que casi pueden leer los pensamientos de una persona a partir del flujo sanguíneo del cerebro; que pueden saber, por ejemplo, si una persona está pensando en un rostro o, por el contrario, en un lugar. Pinker piensa de igual manera que todos los fenómenos que siempre hemos pensado que correspondían al alma, las emociones, la moralidad, el razonamiento, la percepción, la experiencia, todos consisten en actividades fisiológicas en el tejido cerebral. La neurociencia pretende demostrar que no se trata de que tengamos un cerebro, sino de que nosotros somos nuestro cerebro.

Acerca de la cultura, el papel que ocupa y cómo afecta a nuestras decisiones, Pinker reconoce que es fácil caer en la trampa de pensar que si algo es producto de la evolución, debe presentarse desde el momento del nacimiento, y si no, es que es algo aprendido, algo externo a nuestra naturaleza, pero opina que en realidad esto es absurdo, por ejemplo, que las niñas nazcan sin pechos y los niños sin barba no significa que aprendamos a tener pechos o barba, ¿por qué iba a ser distinto con las conductas? Al fin y al cabo surgen de programas cerebrales que también pueden madurar en cualquier momento del desarrollo. Wilson y Pinker coinciden en que la variabilidad de las culturas señalan una baja prescripción genética en el detalle etnográfico, sin embargo, “la baja prescripción no significa que la cultura se haya liberado de los genes”1.

Existe la convicción generalizada de que adquirimos nuestro comportamiento imitando unas pautas que dicta nuestra cultura, pero la cultura no viene de afuera sino que es el producto de la mente humana. Las personas tienen que inventar palabras y construcciones gramaticales para que existan las lenguas, hay que inventar formas artísticas y, para adquirir la cultura, las personas tienen que interpretar constantemente lo que otros hacen cuando están hablando o creando arte o cuando están dando ejemplos.

Es evidente que parte de la cultura se aprende imitando a las personas y a veces se cree que esto demuestra que la naturaleza humana no existe, que todo se obtiene de la cultura. Pero pensemos en cómo funciona la imitación, es un proceso muy sofisticado que requiere una gran cantidad de circuitos innatos en el cerebro para poder funcionar. Para poder imitar hacen falta muchas habilidades cognitivas que permitan leer la mente de otras personas, la imitación requiere la capacidad de imitar, una habilidad complicada. De forma que la misma cultura requiere unas habilidades muy complejas dentro de la mente para crearla y transmitirla, y esas habilidades, según la sociobiología, son instintivas.

1Edward O. Wilson, op. cit., 577.

Written by umanoidemanme

24 marzo, 2011 a 11:30

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