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¡Hagamos teoría!

Pinker tiene más pelazo que Punset

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Ayer no pudimos ver Redes, pero no nos hemos quedado con las ganas de ver a Eduard Punset entrevistando a Steven Pinker porque los cuelgan en internet, así que lo hemos visto hoy. A Pinker le conocíamos esencialmente por su crítica a la psicología evolucionista y por su teoría computacional de la mente, hemos leído La tabla rasa y El instinto del lenguaje. Si no habéis leído nada de Pinker, os lo recomiendamos, porque además de tratar temas interesantes, es un tipo divertido. Y si les tenéis tirria a Whorf o a Wilson os lo pasaréis especialmente bien, porque les da mucha caña.

El programa se titula El declive de la violencia y a umanoidemanme le ha pillado justo estudiando Filosofía de la Vida, asignatura en la que se trata este tema entre otros. Pinker explica cómo, en contra de la creencia popular de que vivimos en un mundo cada vez más violento, lo cierto es que la violencia está en declive, nuestras sociedades son cada vez más pacíficas. Ya se lo preguntaban Einstein y Freud, ¿cómo no ser pacifista a estas alturas? Con nuestros valores y nuestros imaginarios sociales, somos necesariamente pacifistas.

Pinker señala como claves en este proceso de pacificación: por un lado, la aparición de los estados, que se apropian de la legitimidad de la violencia para mantener la paz entre los ciudadanos; y por otro lado, en cuanto a las guerras entre las naciones, el comercio internacional, que nos hace interdependientes, el cosmopolitalismo y el individualismo que aumentan nuestra empatía, y la educación y la racionalización que nos hacen dudar de la validez de algunos motivos que antes nos llevaban a la violencia, como son los motivos religiosos o supersticiosos.

También se habla en el programa de los derechos de los animales. Se nos explica que a lo largo de la historia los grupos oprimidos han luchado porque se reconozcan sus derechos, aunque sin embargo dos grupos quedaron excluidos por motivos parecidos: los niños y los animales. Ambos grupos no pueden defenderse por no tener voz, aunque hemos llegado a comprender que el bienestar de los niños asegura el bienestar de la sociedad, puesto que son el futuro. Pero los animales no han tenido tanta suerte y siguen estando a nuestra merced. No obstante, poco a poco la cosa va cambiando: leyes que regulan los experimentos con animales son cada vez más estrictas, los detractores del toreo son cada vez más y entretenimientos como las peleas de gallos son prácticamente minoritarios. Parece que el avance de la empatía es imparable.

Otro asunto que se menciona es cómo fue posible que todo un país apoyara el nazismo. Para explicarlo, usa dos experimentos como ejemplos: en uno de ellos se reunieron grupos de personas a las que se les servía tres copas de vino. Las copas tenían todas el mismo vino, aunque a una de ellas se le había añadido vinagre. A los participantes en el experimento se les daba a probar las copas diciéndoles que contenían distintos vinos y a continuación escuchaban la opinión de un experto catador (compinchado con los organizadores del experimento) que les decía que el segundo mejor vino era el avinagrado. Después se les pedía sus opiniones sobre los vinos probados y todos afirmaban coincidir con el catador. Cuando se les explicaba la verdad, los participantes reconocían que no les había gustado el vino con vinagre, pero que como un experto había dicho que era bueno, lo aceptaron. La conclusión es que cuando pensamos que nuestra opinión contradice a la general o a la de un experto la ocultamos y adoptamos la que pensamos que está mejor vista.

El segundo experimento es más conocido, es el experimento de Milgram: se le pide a unas personas que hagan unas preguntas a unos voluntarios y que si estos responden mal, les sometan a unas descargas eléctricas. Dichas descargas son ficticias, y los supuestos voluntarios son actores. En el experimento se vio que los encargados de administrar las corrientes eléctricas lo hacían, aunque no les gustara, hasta que el voluntario se desmayaba. La conclusión de este experimento es que tendemos a obedecer las órdenes que se nos dan, aunque no estemos de acuerdo con ellas, si vienen de alguien a quien otorgamos cierta autoridad. Este experimento se repitió modificando algunas variables, y una de las veces, en vez de realizarse en una universidad, se hizo en una oficina modesta, fingiendo que el experimento era de una entidad comercial, entonces la obedeciencia cayó. De este modo se demuestra que es importante qué autoridad le otorgamos a la persona que nos da las órdenes, pero una vez que tiene nuestra confianza, es difícil que nos cuestionemos qué hacemos al obedecerle, que no nos veamos como un mero instrumento suyo.

Estos dos experimentos recuerdan al célebre experimento de la cárcel de Stanford, realizado una década más tarde que el de Milgram, por un equipo de investigadores liderado por Zimbardo. Los participantes eran 24 estudiantes universitarios, a los que se les pagaba 15 dólares diarios por participar en la simulación de una prisión. Los dividieron aleatoriamente entre prisioneros y guardias y los encerraron en un sótano acondicionado. Los guardias recibieron porras, uniformes y gafas de espejo que impedían el contacto visual y los prisioneros, que fueron recogidos en sus casas por la policía y pasaron por el procedimiento habitual de detención, vestían sólo batas, sin ropa interior, y unas sandalias especialmente incómodas. El experimento se descontroló rápidamente, los guardias incrementaron su sadismo velozmente y algunos prisioneros mostraban trastornos emocionales a causa de las humillaciones y las situaciones estresantes, dos de ellos incluso tuvieron que ser reemplazados. Este experimento ha sido muy criticado por su falta de ética y, en general, se considera que no tiene validez científica. Sin embargo, es una experiencia interesante, nos sirve para reflexionar acerca de cómo asumimos nuestros papeles y cómo obedecemos cuando nos sentimos legitimados y apoyados institucionalmente.

Written by umanoidemanme

27 junio, 2011 a 23:48

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